La sucesión presidencial del 24 ¿Adán, Claudia o Marcelo?

Por Gubidxa Guerrero

Faltan dos años para elegir al próximo Presidente de México. No obstante, la competencia por la sucesión se percibe, desde ahora, en distintos niveles.

No me ocuparé de la oposición. Como cierta vez expresó el mismo Joaquín López Dóriga, allí no hay, por ahora, una sola figura capaz de competirle a Morena, el partido en el poder.

Entre los simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) existen tres favoritos: Adán Augusto, Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard, citados en orden alfabético. El motivo de este escrito es hacer un ejercicio reflexivo que permita responder la gran pregunta: ¿quién de los tres?

A estas alturas es seguro afirmar que cualquiera que reciba el espaldarazo del actual mandatario tendría la victoria casi en el bolsillo. Recordemos el caso de Juanito en Iztapalapa: de ser un desconocido, pasó a “ganar” la elección en la Delegación (hoy Alcaldía) más poblada de la capital.

Sin embargo, el ‘casi’ no garantiza nada. Se convierte en un problema cuando el Presidente quiere asegurar la continuidad de su proyecto, así como proteger su propio legado y retiro.

Ebrard y Adán son secretarios de Estado. Ministros les llaman en otros países. Son titulares de las dos secretarías más importantes para AMLO en estos momentos: Relaciones Exteriores y Gobernación.

México ha recuperado gran parte de su prestigio exterior por la determinación del Presidente, indudablemente. Pero ha sido Marcelo quien la ha instrumentado. Palacio Nacional ha retomado su fuerza para operar con gobernadores y algunos miembros de la oposición, debido, en gran medida, a los buenos oficios de Adán. El Canciller y el Secretario de Gobernación son los dos brazos del Presidente. Ambos están superando las pruebas y demostrando, con hechos, su estatura política.

Claudia gobierna la Ciudad de México. Ello la convierte en precandidata natural. Pero a pesar de quienes afirman que es la “favorita” del titular del Ejecutivo, no hay razones de peso para aseverarlo. Su desempeño ha sido algo gris, cosa que se constató en los resultados de las elecciones intermedias, en las que no sólo no “creció” en la capital del país, sino que perdió bastiones importantes e históricos para la izquierda mexicana.

La disputa primordial podría ser, como se reconocía desde el año pasado, entre Ebrard y Sheinbaum, ambos leales al obradorismo. Sin embargo, los dos tienen el mismo talón de Aquiles: el accidente de la línea 12 del metro, que se construyó en tiempos de Marcelo, pero que se derrumbó en años de Claudia. Ese solo hecho daría material para una campaña negra contra Morena, como aquella de “Un peligro para México” que perjudicó seriamente la aspiración de Obrador en 2006. Claudia, además, proviene de una familia judía, aspecto que no caería del todo bien a un país mayoritariamente cristiano (guadalupanos y protestantes).

Ante el dilema entre los dos principales contendientes, sospecho que el Presidente ha posicionado a su paisano Adán Augusto; sabiendo que, si derriban a los favoritos, tiene un tercero que bien podría asestar el golpe demoledor a lo que quede del viejo régimen.

De entre los tres precandidatos, considero que Marcelo tiene, en estos momentos, mayores probabilidades. Además de haber sido leal a toda prueba en tiempos aciagos, también supo declinar, en su momento, la precandidatura a favor de López Obrador. Y si algo ha demostrado el actual Presidente es que tiene buena memoria.

Es cierto que el país está lleno de publicidad de Claudia. Se sabe que a su favor operan varios liderazgos regionales que han buscado acuerdos con el equipo de la actual Jefa de Gobierno de la Ciudad de México. Lo mismo comienzan a hacer Marcelo y Adán. Lo que no garantiza nada. Antes bien, reafirma el viejo estilo priísta –del que AMLO es heredero– de permitir que los ‘tapados’ (hoy llamados ‘corcholatas’), hagan su juego antes de que el hombre fuerte de México, que no una burda encuesta, lo “destape”.

En el examen que el inquilino de Palacio efectúa, quizás no gane quien más gaste en publicidad ni tenga los mejores aliados en el mundo empresarial y de los medios de comunicación. Tal vez cuente más el oficio político, traducido en resultados, los antecedentes electorales (¡números!), la lealtad y hasta la filiación religiosa.

Por lo pronto, que cada uno haga su reflexión y analice el panorama. De ser posible, que vaya conociendo las biografías de los contendientes, con todo y sus claroscuros. Al final, siempre desearemos que gane la persona que más convenga al país.

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